¿Dónde estás Primo Levi?

agosto 17, 2009

Por: Frank  Lopez Ballesteros  

 

Si por un instante la humanidad guardara un minuto de silencio para recordar o imaginar los horrores y el sufrimiento de millones de seres humanos. Repito, de seres humanos en los campos de concentración nazi, la historia de nuestros tiempos fuera otra. Las guerras no existieran. Los hombres fueran realmente hombres, y el mal estaría oculto bajos las piedras. Por el propio peso de su naturaleza. Porque pensar en esos hechos, es vivir siempre con miedo.

 

El 31 de julio sería quizá, un cumpleaños “feliz” para el gran Primo Levi; sin embargo él no lo quiso. Se entregó así mismo, y el vació inspiro su final. Largos años de vida guardó para describir de manera acuciosa lo que es capaz de hacer el hombre cuando el mal lo domina. Cuando la piedad se confunde con la risa y las gotas de sangre con lágrimas. Cuando la esperanza está negada, y soñar es algo prohibido.

 

Todavía está en la memoria colectiva de muchos, pero no de todos, la estrepitosa historia del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. Seis millones de inocentes, y muchos más, murieron bajo las órdenes de terror de algunos, que sentados en un fino escritorio de caoba, decidían el curso de la historia y de la humanidad, porque para ellos, la vida de unos pocos era injusta e innecesaria.

 

Primo Levi, el italiano que nació en el seno de una familia judía asentada en Piamonte, fue uno de los prisioneros de Auschwitz que sobrevivió y guardó sus recuerdos para la humanidad. Químico de profesión, muy poco le sirvió el conocer la pipeta o una rejilla de amianto para ayudar a miles de seres humanos que eran consumidos por el fuego y el terror, al mejor estilo de una película jamás escrita, pero que ocurrió.

 

Una de sus obras cumbre, “Si esto es un hombre” detalla de forma exacta y viva, las iracundas acciones de los nazis contra quienes llegaban deportados para “trabajar”. El primer engaño, morboso y retorcido, daba esperanzas vanas de libertad: “el trabajo te hace libre”, enunciaba un viejo portón de metal oxidado en la entrada del campo de concentración; no obstante, desde el primer día, Levi supo que esto no sería así.

 

“Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944, después de que el gobierno alemán hubiera decidido, a causa de la escasez creciente de mano de obra, prolongar la vida media de los prisioneros que iban a eliminar”. Era claro, y desde un principio que quien entraba, quizá no salía. Al fiel lector de su obra, “Si esto es un hombre”, Primo Levi le desnuda la cruda realidad, y con ironía muchas veces, explica lo inimaginable.

 

La vida de este superviviente de lo que nunca debió ser, pero fue, no se pierde en los detalles, porque su vida no fue de detalles. Quienes lo conocieron lo presentaban como un hombre metódico y tímido en el trato. Meditabundo. Inteligente sin duda y humilde sobre todo.

 

Los héroes de Auschwitz, sintieron todo el mal que el hombre pudiera producir en la tierra. Al auxilio de esta idea, corre con hálito vigoroso, el célebre Víctor Frank: “Llegamos a saber lo que realmente es el hombre. Tanto ha inventado las cámaras de gas como ha entrado en ellas con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Israel, en sus labios”.

 

Hablar de Primo Levi, es hablar del hombre, del científico, del intelectual. Del que amó, sintió y extrañó, pero sobre todo, vivió. La figura de sus amigos dentro del Lager, lo acompañaron como una sombra a media noche. En sus recuerdos estaba un intrépido, multifacético y suspicaz Elías: “un enano, de no más de un metro y medio que sabía el oficio de sastre, de carpintero, de zapatero y el de barbero. El que puede ingerir seis, ocho, diez litros de sopa sin vomitar y sin tener diarrea, y reanuda el trabajo inmediatamente después”.

 

Lo que más impresiona de Levi, es que no es sólo una víctima, sino un crítico, y no exagera las cosas. Cuenta la historia de este horror a pasos lentos, pero con un estilo particular. Reconoce las cosas cuando son. Al concluir su relato acerca de Elías, muy bien pudiese haber dicho que era un miserable condenado a salir por las chimeneas, y no de manera exacta como Santa Claus; sin embargo, a través de una radiografía interna, Levi lo sepulta en sus recuerdos para dejar de mencionarlo: “Por cuanto me es posible juzgar desde fuera, y por cuanto la frase pueda tener de significativo, Elías era verosímilmente un individuo feliz”.

 

A pesar de ser un químico, Primo Levi era también amante de la lectura, aunque no un prolífero escritor hasta salir de Auschwitz. Conocía y juzgaba bien quién era un verdadero intelectual o un iletrado de la vida. Así, presenta a su amigo Henri como un hombre social y “culto”, que con veintidós años y espíritu de lucha, sobrevivió al Lager. Sin embargo, luego de ser liberado, no quiso volver a ver a Henri, quizá, porque sería perpetuar el infierno y ver en su rostro la imagen del dolor.

 

El escritor Luis Fernando Moreno Claro, cuenta que algunas semanas antes de la muerte de Levi, éste le había confiado a una buena amiga que el periodo depresivo que atravesaba -hacía poco tiempo, además, que lo habían operado de la próstata- le parecía mucho peor que aquel otro de su juventud, transcurrido en manos de los nazis, pues entonces era joven y lo mantenía vivo una infinita capacidad de paciencia y reacción, mientras que ahora, a sus 66 años, carente de fuerzas e ilusiones, le tentaba más el adiós definitivo.

 

 

 

 

Los testimonios de Primo Levi dentro de la historia de un convulsionado siglo XX, son una herencia del horror. Como una tarea imperiosa, consagró su vida después de liberado, a relatar, a darle nombres a quienes fueron hombres, pero quedaron reducidos a simples número como ecuación matemática indeterminada, porque sus experiencias son incomparables aún. A Levi, hay que dejarlo descansar. No hay razones para pedir una explicación del por qué de su muerte. Lo bueno y lo malo que hizo, quedó en la tierra. Sin embargo, por cada minuto y segundo que transcurra, habrá que preguntarse: ¿Dónde estás? ¿En el cielo de los mártires, de los héroes o de los cobardes? Mientras tanto, aquí seguirá tu pueblo gritando ¡nunca jamás! Al final, nadie supo las razones concretas del suicidio de “nuestro hombre”, ni tampoco si la decisión fue tomada de repente, fruto de un arranque de desesperación, o algo meditado. Aquel gran memorialista no dejó una nota de despedida, ni un apunte que ofreciese una explicación. Se sabe que solía recordar a menudo el poema de T. S. Eliot, El entierro de los muertos cuyos primeros versos distinguen al mes de abril como “el más cruel”, ¿acaso un indicio de que Levi eligió la época en que abandonaría un mundo y unas circunstancias que poco a poco habían comenzado a horrorizarle? ,

Los testimonios de Primo Levi dentro de la historia de un convulsionado siglo XX, son una herencia del horror. Como una tarea imperiosa, consagró su vida después de liberado, a relatar, a darle nombres a quienes fueron hombres, pero quedaron reducidos a simples número como ecuación matemática indeterminada, porque sus experiencias son incomparables aún. A Levi, hay que dejarlo descansar. No hay razones para pedir una explicación del por qué de su muerte. Lo bueno y lo malo que hizo, quedó en la tierra. Sin embargo, por cada minuto y segundo que transcurra, habrá que preguntarse: ¿Dónde estás? ¿En el cielo de los mártires, de los héroes o de los cobardes? Mientras tanto, aquí seguirá tu pueblo gritando ¡nunca jamás!

 

 

 

primo levi


LA SALVACIÓN POR EL CINE

enero 27, 2009

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 Vittorio De Sica (1901-1974)

Mediante la filmación de “La puerta del cielo” Vittorio De Sica salvó a 300 judíos del nazismo

Por Julio Algañaraz


   Dos películas que recuerdan una epopeya y que podrían dar lugar a una batalla judicial han reactualizado en estos días la filmación de La puerta del cielo, que el gran Vittorio De Sica comenzó a rodar hace 60 años, en el verano europeo de 1943. Era una extraña producción cinematográfica que contaba con el patrocinio del Vaticano y en la que trabajaba un número extraordinario de actores, técnicos y extras, la mayoría de los cuales eran alrededor de 300 judíos italianos y un grupo de perseguidos políticos antifascistas, que fueron así salvados de las garras del ocupante nazi.
De Sica contó luego que el acuerdo secreto con el Vaticano establecía que la filmación debía prolongarse todo lo posible hasta que llegaran los aliados a liberar a Roma, lo que ocurrió el 5 de junio de 1944. Un joven monseñor, alto prelado de la Santa Sede, fue nombrado por el papa Pío XII —sobre quien pesan algunas acusaciones de haber apoyado al régimen nazi— como delegado para la producción, con la reservada misión de salvar a tanta gente de la Gestapo. Su nombre era Giovanni Montini, quien en 1963 se convirtió en el papa Paulo VI. Alguna vieja fotografía de la época lo muestra cuando fue a supervisar la marcha del rodaje por cuenta del Centro Católico Cinematográfico, que financió la película.

El caso es conocido, aunque se ha reactualizado en estos días por el aniversario del comienzo de la filmación de La puerta del cielo y por el conflicto entre el actor y director Christian De Sica, hijo de Vittorio y de la actriz española María Mercader – compañera entonces del director y madre de Christian-, quien fue la protagonista del filme, y el director Maurizio Ponzi, que ha terminado de rodar Con las luces apagadas, una producción que cuenta también la extraordinaria historia de aquella filmación.

Christian De Sica hace dos años que anunció su propósito de hacer un filme sobre lo que pasó en el rodaje de La puerta del cielo. Ahora se limitó a decir que dio mandato a sus abogados para que estudien si no están dadas las condiciones para hacer una demanda de plagio contra Ponzi, quien retruca: “Mi historia es diferente, yo sólo aproveché el contexto histórico de la época”.

El diario Corriere della Sera publicó una página con los recuerdos de La puerta del cielo y el conflicto entre la familia De Sica y el director Maurizio Ponzi. Pero lo importante y conmovedor es la movilización humana y los riesgos que corrieron los protagonistas de un caso único en la historia del cine mundial por salvar de la persecución nazi a centenares de perseguidos.

Vittorio De Sica contó varias veces, años más tarde, que también él y otros cineastas querían prolongar al máximo la filmación para salvarse ellos mismos de tener que irse de la Roma ocupada a Venecia, la ciudad donde el régimen fascista de la República de Saló, en el norte de Italia, había decidido establecer el centro de la actividad cinematográfica.

El dictador Benito Mussolini había sido depuesto en julio de 1943 y rescatado más tarde por Hitler de su prisión. Los alemanes ocuparon Roma y Mussolini lideró un régimen fantoche por orden de los nazis, estableciendo un gobierno en la pequeña ciudad de Saló, en el lago de Garda.

La puerta del cielo narraba el viaje de un grupo de peregrinos al santuario de Loreto para pedir la intercesión de la Virgen. El rodaje fue establecido en la basílica de San Paolo Extramuros, una de las cuatro basílicas pontificias de Roma, que gozaba de extraterritorialidad y enormes espacios.

Allí acamparon, hasta que llegaron los liberadores estadounidenses, centenares de perseguidos antifascistas y judíos romanos cuyo destino hubiera sido el campo de exterminio. Todos fueron inscriptos con falsos nombres y vivían en la misma basílica y en sus parques y jardines, para evitar caer en manos de la Gestapo.
   

 

  Un momento dramático se vivió en febrero de 1944 cuando el célebre torturador y represor fascista Pietro Koch, fusilado después de la liberación de Italia, entró con su banda en la iglesia y se llevó a 60 sospechosos, de los cuales algunos no volvieron más. Otro momento difícil se vivió unos días después, el 3 de marzo, cuando un bombardeo aliado causó grandes destrozos pero sin tocar la basílica de San Paolo, llena de gente como estaba.
La puerta del cielo fue también el filme en el que se encontraron por primera vez Vittorio De Sica y el más grande guionista que tuvo el cine italiano: Cesare Zavattini. Otro autor del “copione” fue el escritor católico Diego Fabbri.

Cuando los norteamericanos liberaron Roma, el día antes del famoso Día D del desembarco aliado en Normandía, Francia, que dio comienzo a la fase final de la Segunda Guerra Mundial, De Sica terminó la filmación de La puerta del cielo. La película fue estrenada en 1945, aunque con poco éxito. Pero fue un gran acontecimiento de solidaridad humana, lo que lo convierte en un filme inolvidable. (*)

 

(*) Fuente: Julio Algañaraz, “Filmando una película. Vittorio De Sica salvo a 300 judíos de los nazis”, publicado en Diario Clarín Ciudad de Buenos Aires, el jueves 21 de agosto de 2003. fotovsicaladronbicicleta

Imagen de “Ladrones de bicicletas” (1948), una de las obras máximas de Vittorio De Sica y del cine neorrealista italiano.

 

 

 

 


Cancion de Bob Dylan en defensa de Israel

enero 25, 2009

Well, the neighborhood bully, he’s just one man
His enemies say he’s on their land
They got him outnumbered about a million to one
He got no place to escape to, no place to run
He’s the neighborhood bully.

The neighborhood bully he just lives to survive
He’s criticized and condemned for being alive
He’s not supposed to fight back, he’s supposed to have thick skin
He’s supposed to lay down and die when his door is kicked in
He’s the neighborhood bully.

The neighborhood bully been driven out of every land
He’s wandered the earth an exiled man
Seen his family scattered, his people hounded and torn
He’s always on trial for just being born
He’s the neighborhood bully.

Well, he knocked out a lynch mob, he was criticized
Old women condemned him, said he could apologize
Then he destroyed a bomb factory, nobody was glad
The bombs were meant for him. He was supposed to feel bad
He’s the neighborhood bully.

Well, the chances are against it, and the odds are slim
That he’ll live by the rules that the world makes for him
‘Cause there’s a noose at his neck and a gun at his back
And a licence to kill him is given out to every maniac
He’s the neighborhood bully.

Well, he got no allies to really speak of
What he gets he must pay for, he don’t get it out of love
He buys obsolete weapons and he won’t be denied
But no one sends flesh and blood to fight by his side
He’s the neighborhood bully.

Well, he’s surrounded by pacifists who all want peace
They pray for it nightly that the bloodshed must cease
Now, they wouldn’t hurt a fly. To hurt one they would weep
They lay and they wait for this bully to fall asleep
He’s the neighborhood bully.
Every empire that’s enslaved him is gone
Egypt and Rome, even the great Babylon
He’s made a garden of paradise in the desert sand
In bed with nobody, under no one’s command
He’s the neighborhood bully.

Now his holiest books have been trampled upon
No contract that he signed was worth that what it was written on
He took the crumbs of the world and he turned it into wealth
Took sickness and disease and he turned it into health
He’s the neighborhood bully.

What’s anybody indebted to him for ?
Nothing, they say. He just likes to cause war
Pride and prejudice and superstition indeed
They wait for this bully like a dog waits to feed
He’s the neighborhood bully.

What has he done to wear so many scars ?
Does he change the course of rivers ? Does he pollute the moon and stars ?
Neighborhood bully, standing on the hill
Running out the clock, time standing still
Neighborhood bully.

Traduccion

Matón del Barrio Bueno, el matón del barrio, es sólo un hombre, Sus enemigos dicen que está en la tierra de ellos. Lo superan en número como un millón a uno, No tiene lugar para escapar, lugar para correr. El es el matón del barrio. El matón del barrio sólo vive para sobrevivir, Es criticado y condenado por estar vivo, No debe devolver los golpes, se supone que tiene la piel gruesa, Se supone que debe echarse y morir cuando rompan su puerta. El es el matón del barrio. El matón del barrio fue expulsado de todas las tierras, Ha vagado por el mundo, un hombre exiliado. Ha visto a su familia dispersada, su gente cazada y desgarrada, Está siempre en juicio sólo por haber nacido. El es el matón del barrio. Bueno, golpeó a una turba linchadora, fue criticado, Viejas mujeres lo condenaron, dijeron que tenía que disculparse. Luego destruyó una fábrica de bombas, nadie estaba contento. Las bombas estaban destinadas a él. Se suponía que debía sentirse mal. El es el matón del barrio. Bueno, las chances están en su contra y las posibilidades son bajas de que viva por las reglas que el mundo hace para él, Porque tiene un nudo al cuello y una pistola a su espalda Y a cada maniático se le da una licencia para matarlo. El es el matón del barrio. No tiene aliados, en verdad. Lo que consigue lo debe pagar, no lo consigue por amor. Compra armas obsoletas y no será rechazado, Pero nadie manda carne y sangre para luchar a su lado. El es el matón del barrio. Bueno, está rodeado de pacifistas que sólo quieren paz, Rezan por eso a la noche, que el derramamiento de sangre termine. Ahora, no lastimarían a una mosca. Si lastimaran una llorarían. Se tienden y esperan que este matón se quede dormido. El es el matón del barrio. Cada imperio que lo ha esclavizado ha desaparecido, Egipto y Roma, incluso la gran Babilonia. Ha hecho un jardín del paraíso en la arena del desierto, En la cama con nadie, bajo las órdenes de nadie. El es el matón del barrio. Ahora, sus libros más sagrados han sido pisoteados, Ningún contrato que firmó valía el papel en que había sido escrito. Tomó las migajas del mundo y las convirtió en riqueza, Tomó enfermedad y peste y las convirtió en salud. El es el matón del barrio. Qué le debe nadie a él? Nada, dicen. Solo le gusta causar guerras. Orgullo y prejuicio y superstición, en verdad, Esperan por este matón como el perro espera alimentarse. El es el matón del barrio. Qué ha hecho para tener tantas cicatrices? Acaso cambia el curso de los ríos? Acaso contamina la luna y las estrellas? Matón del barrio, parado en la colina, Acabando el reloj, el tiempo deteniéndose. Matón del barrio.


Izkor

enero 24, 2009
‘Izkor’, por Abba Kovner PDF Imprimir E-Mail
Poema escrito por Abba Kovner, líder de la resistencia judía y comandante partisano, poeta y escritor hebreo. 

Izkor

Recordemos a nuestros hermanos y hermanas,
las casas en la ciudad y en el campo
Las calles de la aldea bulliciosas como un río
Y el solitario paradero
El anciano y su rostro
La joven y sus trenzas
El bebé
Las miles de comunidades de Israel y sus humanos
Toda la colectividad de los judíos
Que sucumbió en el exterminio en manos del asesino Nazi

Quién gritó y cayó en su grito
La mujer abrazando a su bebé y que sus brazos se desplomaron
El bebé cuyos dedos buscan el pezón materno y este esta azul de frío
Las piernas
Las piernas que buscaron salida y ya no había
Y las manos cerrándose en puños
Y los puños que levantaron el hierro
Y el hierro que se transformó en el arma de la esperanza, de la desesperación y de la rebelión
Y ellos de corazón generoso
Y ellos con sus ojos abiertos
Son los que se arrojaron sin posibilidad de salvar
Recordemos el día, su mediodía
El sol que ascendió sobre el altar sangriento
Los cielos altos y mudos
Recordemos los montículos de cenizas debajo de los jardines florecientes
Recordara el vivo a sus muertos
Porque ellos nos enfrentan
Y sus ojos alrededor
Y no cesaremos, no cesaremos hasta que seamos dignos a su memoria.

 

Abba Kovner 1918 -1987

BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Líder de la resistencia judía y comandante partisano, poeta y escritor hebreo.

Nacido en Sebastopol, Rusia. Curso estudios secundarios en la escuela hebrea de Vilna, donde se incorporó al movimiento juvenil sionista socialista “Hashomer Hatzair”. Cuando Vilna fue ocupada por los nazis en 1941, resolvió que la única respuesta posible era la resistencia activa. Concentro sus esfuerzos en la creación de una fuerza judía combatiente clandestina. Ello inspiró a otros jóvenes judíos de toda Europa oriental a hacerle frente a los nazis. El 21 de enero de 1942 se creó una agrupación militar judía en Vilna.” La organización Partisana Unida (FPO). Abba Kovner fue uno de sus líderes y luego su comandante a partir de  julio de 1943. Durante la deportación final en septiembre de 1943  dirigió las acciones de la FPO y la fuga a los bosques de los combatientes del guetto. Luego dirigió una unidad partisana en los bosques.

Después de la guerra participó en la creación del movimiento HaBrijá, (La Huída) el cual organizó la evacuación de centenares de sobrevivientes judíos hacia el oeste para llegar así a Palestina. Él mismo se estableció en Eretz Israel junto a su esposa Vitka Kempner y se convirtió en un escritor importante (Extraído de la Enciclopedia del Holocausto, Yad Vashem, Jerusalem, 2004)

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El Heroe de Papel

enero 19, 2009

 

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Una fría noche vienesa del 23 de enero de 1939, el fútbol perdió para siempre a un héroe, a un hombre cuya dignidad superó con creces sus extraordinarias cualidades deportivas. Aquella perruna noche, Mathias Sindelar, el mejor deportista austriaco del siglo XX, según votación popular, fue encontrado muerto en la cama de su apartamento junto a su mujer, Camila Castagnola, una judía de origen italiano. Sindelar, judío también, se había negado a jugar con la Alemania nazi, de cuyos dirigentes se mofó durante un partido, tras la anexión austriaca de 1938, una ofensa para el III Reich, que le persiguió de por vida. Su muerte aún despierta grandes recelos entre los historiadores. Los forenses oficiales mantuvieron que la muerte se produjo por la inhalación del monóxido de carbono de una estufa, pese a que algunos investigadores revelaron que ésta no tenía desperfectos y que en el apartamento no olía a gas. Unos sostienen que fueron delatados por un ex compañero de Sindelar en la selección austriaca. Otros apuntan a un suicidio por el régimen de terror.

Tras fallar a propósito para burlarse de los alemanes, marcó y se puso a bailar ante ellos

Sindelar, hijo de unos pobres emigrantes checos, nació el 10 de febrero de 1903 en Moravia, en la frontera con Bohemia, en la República Checa. Dio sus primeros balonazos en las calles del vienés distrito obrero de Favoriten, uno de los más deprimidos de la capital austriaca. Su padre, albañil, falleció en 1917 en la Primera Guerra Mundial y aquel espigado y desgarbado chiquillo que jamás se separaba de la pelota se crió junto a su madre, que lavaba ropa, y sus tres hermanas. Su habilidad con el balón le hizo muy popular en la barriada, donde se le apodó Papierene [hombre de papel]. La causa: su extraordinaria habilidad para filtrarse entre las defensas enemigas. El eco de su destreza hizo que a los 15 años le fichara el Hertha Viena. Cinco años más tarde, tras haber aprendido el oficio de cerrajero y quedarse en el paro, se enroló en uno de los grandes clubes de la ciudad, el Austria Viena, una institución ligada a la comunidad judía, a la que hizo campeona de Copa en sus tres primeras temporadas. Con el Austria Viena anotó 600 goles en 700 partidos, una estadística impresionante para un futbolista que, pese a su posición de delantero, disfrutaba más como organizador. Según los cronistas de la época, prefería un regate que un gol. En 1926 debutó con la selección austriaca y marcó el segundo tanto de la victoria ante Checoslovaquia (2-1). Ahí comenzó su leyenda futbolística, una carrera dramáticamente interrumpida cuando Sindelar, conocido también como el Mozart del fútbol, registraba 27 goles en 44 partidos internacionales. Su desgarro, deportivo y personal, estaba por llegar.

Austria, al igual que muchas otras selecciones europeas, rechazó acudir al Mundial de Uruguay de 1930, una expedición tan cara como fatigosa. Por entonces, el Wunderteam, [el equipo maravilla], no tenía rival. En mayo de 1931 marcó un hito al ser la primera selección que derrotaba a Escocia a domicilio (0-5). La admiración por la máquina austriaca se extendió por toda Europa. Dejaba huellas imborrables a su paso: 4-0 a Francia, 6-0 a Alemania, 8-2 a Hungría… La figura de Sindelar resultó tan impactante que el Manchester United intentó su fichaje. Pero el jugador tenía un acentuado apego a sus raíces y en su país era tan popular que se convirtió en uno de los primeros iconos comerciales del fútbol.

Se acercaba el Mundial de Italia de 1934 y el favoritismo austriaco era unánime. Sindelar, un goleador mayúsculo, y sus compañeros recibieron el primer azote político de sus desgarradoras carreras. Mussolini manipuló el torneo y en la semifinal ante Italia, Austria, impotente tras ver cómo le anulaban varios goles, perdió 1-0. Cuatro años después del expolio de Mussolini, la Alemania nazi ocupó Austria. Hitler, al igual que el fascista italiano, estaba al corriente del poder hipnótico del fútbol entre el pueblo, un reducto propagandístico perfecto. De hecho, el Führer ya había retorcido para la causa los Juegos de Berlín de 1936. Con el Mundial de Francia del 38 a la vista, Alemania seleccionó a todo el Wunderteam, que al no ser ya un país -sino la provincia alemana de Ostmark-, no podía competir internacionalmente. Antes, para celebrar su conquista, Alemania, con algunos de sus nacionalizados austriacos, organizó un amistoso contra Ostmark. Sindelar se negó a jugar con los nazis y alegó que a los 35 años su cuerpo estaba muy castigado. Su dignidad le impedía enfundarse una camiseta con la esvástica y luego levantar el brazo durante el himno. Días después se retrató: Sindelar, que primero se burló de los nazis al fallar varios goles intencionadamente, marcó finalmente uno de vaselina. Ostmark venció 2-0 para humillación de su invasor y, tras su gol, Sindelar bailó ante el palco de los jerarcas nazis. Comprobado su rendimiento, el seleccionador alemán, Seep Herberger, intentó otra vez su fichaje. Mathias se negó. Herberger declararía tiempo después que, aunque nunca se lo dijo claro, Sindelar no quería identificarse con los invasores.

La negativa resultó fatal para el jugador y su compañera judía, que se quedaron sin su principal sustento, condenados por el régimen al ostracismo y más tarde perseguidos. Algunos compañeros de Sindelar, como el ex capitán de la selección austriaca, Nausch, tuvieron más suerte. Cuando fue obligado a divorciarse de su esposa judía, logró huir con ella a Suiza. Sindelar, que llegó a regentar un café en Viena, no lo consiguió y estuvo ocho meses refugiado junto a Camila. Los nazis ofrecieron una recompensa por su captura, al tiempo que se multiplicaba la cacería judía. Las noticias sobre la depuración nazi, los campos de exterminio y las cámaras de gas se sucedían. El cerco sobre Sindelar se estrechaba, hasta que la policía informó de su muerte. Un día después falleció Camila en un hospital. Lo que no pudieron impedir los nazis fue el extraordinario tributo popular que recibió Sindelar, convertido en un símbolo de la resistencia. Se prohibió cualquier manifestación de duelo, y aún así 15.000 personas asistieron al funeral en medio de grandes medidas de seguridad. Se amontonaron miles de telegramas de pésame y los servicios de correos se atascaron. La calle en la que vivía, Laaerberg pasó a llamarse Sindelarstrasse.

Hoy, el Alemania-Austria evoca la figura de alguien que se atrevió a desairar a un monstruo, aunque ello le cortara de raíz una carrera extraordinaria que el escritor Friedrich Torberg relataba así: “Jugaba como nadie, ponía gracia y fantasía, jugaba desenfadado, fácil y alegre, siempre jugaba y nunca luchaba”. Cuando lo hizo, le costó la vida.

Fuente: Diario El Pais


Resistencia (Defiance)

enero 18, 2009

 

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Cuando los nazis llegaron a Bielorrusia emprendieron, como en otros lugares, una política de persecución y eliminación de los judíos. Los hermanos Bielski decidieron que querían luchar para sobrevivir, mientras gran parte de su familia era masacrada en el gueto de Novogrudok. Los tres hermanos huyeron y se refugiaron en los bosques cercanos a la granja familiar. Pero no sólo buscaron refugio, sino que, también, decidieron que iban a luchar contra los nazis. Organizaron un verdadero ejército de partisanos. Llegaron a entrar en guetos para facilitar la huida de otros judíos y, de ese modo, evitar su muerte.

En el bosque de Naliboki crearon una aldea, vivieron en refugios subterráneos, donde organizaron un hospital, un molino, un taller, una panadería, baños, un teatro y una sinagoga. Llegaron a ser 1.200 los judíos supervivientes y resistentes. Al llegar las tropas soviéticas aparecieron del interior de los bosques. Parecía un milagro pero estaban vivos.

Lamentablemente, su hazaña cayó pronto en el olvido. Los Bielski emigraron a Estados Unidos donde llevaron una vida normal de trabajo, sin declaraciones, sin hablar de su pasado. El último de los hermanos murió en 1987.

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Preludio de la Guerra de los Seis Días

noviembre 7, 2007

Aparecido en ‘The Washington Post’ -18 de mayo de 2007-:

Autor: Charles Krauthammer

Los israelíes recuerdan el terror de ese insostenible mayo de 1967 en el que, sin que Israel poseyera ningún territorio ocupado, todo el mundo árabe se preparaba febrilmente para el inminente exterminio de Israel. Y el mundo no hizo nada.

A duras penas habrá existido un plan árabe de paz en los últimos 40 años -incluyendo la presente versión saudita- que no exija el retorno al ‘status quo’ del 4 de junio de 1967.
¿Por qué es esa fecha tan sagrada?: porque fue la víspera del estallido de la Guerra de los Seis Días en la que Israel logró una de las victorias más sorprendentes del siglo XX. Los árabes han pasado cuatro décadas intentando deshacer sus consecuencias.
El verdadero aniversario de la guerra debería ser ahora, tres semanas antes. El 16 de mayo de 1967, el Presidente egipcio Gamal Nasser exigía la evacuación de la fuerza de seguridad de las Naciones Unidas, presente en la Península del Sinaí que había mantenido a Israel y Egipto en paz durante 10 años.
La ONU cumplió los deseos, momento en el cual Nasser impuso un bloqueo naval por la única salida al sur de Israel, el puerto de Eilat, en un acto obvio de guerra.
Cómo llegó Egipto a esta aventurada provocación es un relato complejo (hecho crónica en el magistral relato de Michael Oren, “Seis Días de guerra”) de intencionalidad agresiva combinada con desinformación perversa.
Una advertencia soviética urgente y falsa -de que Israel se preparaba para atacar a Siria- condujo a una cascada de maniobras intra-árabes que condujeron a Nasser, el defensor del panarabismo, a confrontar mortalmente a Israel con un Sinaí remilitarizado y un bloqueo por el sur.
¿Por qué esto es aún importante? Porque el período de tres semanas entre el 16 de mayo y el 5 de junio explica la reticencia de Israel durante 40 años a renunciar a los frutos de la Guerra de los Seis Días -el Sinaí, los Altos del Golán, Jerusalem Oriental y Gaza- a cambio de garantías de paz en un papel.
Israel disponía de garantías similares fruto de la Guerra de Suez de 1956, tras la cual evacuó el Sinaí a cambio de esa fuerza de pacificación de la ONU y de garantías de libre paso a través del Estrecho de Tirán por parte de las potencias occidentales.
Todo esto se esfumó con un gesto de la mano de Nasser. Durante esas tres interminables semanas, el Presidente Lyndon Johnson intentaba componer un ejército de países con el fin de romper el bloqueo y abrir Israel al sur. El esfuerzo fracasó estrepitosamente.
Es difícil exagerar cómo fueron para Israel esas tres semanas. Egipto, en alianza ya con Siria, suscribía un pacto militar de emergencia con Jordania. Irak, Argelia, Arabia Saudita, Sudán, Túnez, Libia y Marruecos comenzaron a enviar tropas para unirse a la inminente lucha. Con tropas y ejército agolpándose en cada una de las fronteras de Israel, exultantes informativos en cada una de las capitales del mundo árabe anunciaban el inminente final de la guerra para el exterminio de Israel.
“Destruiremos a Israel y sus habitantes”, anunciaba el cabecilla de la OLP, Ahmed Shuqayri, “y en cuanto a los supervivientes -si es que hay alguno- los barcos están preparados para deportarlos”.
Para Israel, la espera fue acuciante y debilitadora. El ejército de ciudadanos de Israel tenía que movilizarse.
Mientras sus soldados esperaban en los diversos frentes a que el mundo rescatara del peligro inminente a la nación, la sociedad israelí se detuvo en seco y su economía comenzó a desangrarse. El jefe del mando del ejército Itzjak Rabin, a ser enarbolado más tarde como héroe de guerra y aún más tarde como mártir de la paz, sufrió una crisis nerviosa. Quedaba incapacitado hasta el punto de la incoherencia a causa de la insostenible tensión de la espera con la vida de este país pendiendo de un hilo.
Conocemos el resto de la historia. Rabin se recuperó a tiempo para conducir a Israel a la victoria. Pero olvidamos lo arriesgada que era la condición de Israel. La victoria se decantó en un exitoso ataque contra las fuerzas aéreas de Egipto en la mañana del 5 de junio. Fue una jugada de sorprendentes proporciones. Israel envió el grueso de sus fuerzas aéreas de 200 aparatos a la misión, completamente expuestos a fuego antiaéreo y misiles. En caso de haber sido detectados y las fuerzas destruidas, la cifra de aviones dejados atrás para defender el territorio israelí -sus ciudades y civiles- de los 900 aparatos de las fuerzas aéreas árabes combinadas era de… 12.
También olvidamos que la ocupación de Jerusalem Oriental por parte de Israel no fue buscada en absoluto.
Israel suplicó al rey Hussein de Jordania que permaneciese al margen del conflicto. Enfrentado en feroz combate a un Egipto numéricamente superior, Israel no tenía ningún deseo de abrir un frente nuevo a unas pocas cuadras del Jerusalam judío y a pocos kilómetros de Tel Aviv.
Pero Nasser dijo a Hussein, personalmente, que Egipto había destruido las fuerzas aéreas de Israel y que la victoria total estaba al alcance de la mano. Hussein no pudo resistirse a la tentación de unirse a la lucha. Se unió. Y Perdió.
El mundo pronto será inundado de exposiciones del 40 aniversario de la guerra, y de la paz a la vuelta de la esquina que solamente aguarda a que Israel vuelva al 4 de junio de 1967. Pero los israelíes son cautelosos. Recuerdan el terror de ese insostenible mayo en el que, sin que Israel poseyera ningún territorio ocupado en absoluto, todo el mundo árabe se preparaba febrilmente para el inminente exterminio de Israel. Y el mundo no hizo nada.

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