¿Dónde estás Primo Levi?

Por: Frank  Lopez Ballesteros  

 

Si por un instante la humanidad guardara un minuto de silencio para recordar o imaginar los horrores y el sufrimiento de millones de seres humanos. Repito, de seres humanos en los campos de concentración nazi, la historia de nuestros tiempos fuera otra. Las guerras no existieran. Los hombres fueran realmente hombres, y el mal estaría oculto bajos las piedras. Por el propio peso de su naturaleza. Porque pensar en esos hechos, es vivir siempre con miedo.

 

El 31 de julio sería quizá, un cumpleaños “feliz” para el gran Primo Levi; sin embargo él no lo quiso. Se entregó así mismo, y el vació inspiro su final. Largos años de vida guardó para describir de manera acuciosa lo que es capaz de hacer el hombre cuando el mal lo domina. Cuando la piedad se confunde con la risa y las gotas de sangre con lágrimas. Cuando la esperanza está negada, y soñar es algo prohibido.

 

Todavía está en la memoria colectiva de muchos, pero no de todos, la estrepitosa historia del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. Seis millones de inocentes, y muchos más, murieron bajo las órdenes de terror de algunos, que sentados en un fino escritorio de caoba, decidían el curso de la historia y de la humanidad, porque para ellos, la vida de unos pocos era injusta e innecesaria.

 

Primo Levi, el italiano que nació en el seno de una familia judía asentada en Piamonte, fue uno de los prisioneros de Auschwitz que sobrevivió y guardó sus recuerdos para la humanidad. Químico de profesión, muy poco le sirvió el conocer la pipeta o una rejilla de amianto para ayudar a miles de seres humanos que eran consumidos por el fuego y el terror, al mejor estilo de una película jamás escrita, pero que ocurrió.

 

Una de sus obras cumbre, “Si esto es un hombre” detalla de forma exacta y viva, las iracundas acciones de los nazis contra quienes llegaban deportados para “trabajar”. El primer engaño, morboso y retorcido, daba esperanzas vanas de libertad: “el trabajo te hace libre”, enunciaba un viejo portón de metal oxidado en la entrada del campo de concentración; no obstante, desde el primer día, Levi supo que esto no sería así.

 

“Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944, después de que el gobierno alemán hubiera decidido, a causa de la escasez creciente de mano de obra, prolongar la vida media de los prisioneros que iban a eliminar”. Era claro, y desde un principio que quien entraba, quizá no salía. Al fiel lector de su obra, “Si esto es un hombre”, Primo Levi le desnuda la cruda realidad, y con ironía muchas veces, explica lo inimaginable.

 

La vida de este superviviente de lo que nunca debió ser, pero fue, no se pierde en los detalles, porque su vida no fue de detalles. Quienes lo conocieron lo presentaban como un hombre metódico y tímido en el trato. Meditabundo. Inteligente sin duda y humilde sobre todo.

 

Los héroes de Auschwitz, sintieron todo el mal que el hombre pudiera producir en la tierra. Al auxilio de esta idea, corre con hálito vigoroso, el célebre Víctor Frank: “Llegamos a saber lo que realmente es el hombre. Tanto ha inventado las cámaras de gas como ha entrado en ellas con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Israel, en sus labios”.

 

Hablar de Primo Levi, es hablar del hombre, del científico, del intelectual. Del que amó, sintió y extrañó, pero sobre todo, vivió. La figura de sus amigos dentro del Lager, lo acompañaron como una sombra a media noche. En sus recuerdos estaba un intrépido, multifacético y suspicaz Elías: “un enano, de no más de un metro y medio que sabía el oficio de sastre, de carpintero, de zapatero y el de barbero. El que puede ingerir seis, ocho, diez litros de sopa sin vomitar y sin tener diarrea, y reanuda el trabajo inmediatamente después”.

 

Lo que más impresiona de Levi, es que no es sólo una víctima, sino un crítico, y no exagera las cosas. Cuenta la historia de este horror a pasos lentos, pero con un estilo particular. Reconoce las cosas cuando son. Al concluir su relato acerca de Elías, muy bien pudiese haber dicho que era un miserable condenado a salir por las chimeneas, y no de manera exacta como Santa Claus; sin embargo, a través de una radiografía interna, Levi lo sepulta en sus recuerdos para dejar de mencionarlo: “Por cuanto me es posible juzgar desde fuera, y por cuanto la frase pueda tener de significativo, Elías era verosímilmente un individuo feliz”.

 

A pesar de ser un químico, Primo Levi era también amante de la lectura, aunque no un prolífero escritor hasta salir de Auschwitz. Conocía y juzgaba bien quién era un verdadero intelectual o un iletrado de la vida. Así, presenta a su amigo Henri como un hombre social y “culto”, que con veintidós años y espíritu de lucha, sobrevivió al Lager. Sin embargo, luego de ser liberado, no quiso volver a ver a Henri, quizá, porque sería perpetuar el infierno y ver en su rostro la imagen del dolor.

 

El escritor Luis Fernando Moreno Claro, cuenta que algunas semanas antes de la muerte de Levi, éste le había confiado a una buena amiga que el periodo depresivo que atravesaba -hacía poco tiempo, además, que lo habían operado de la próstata- le parecía mucho peor que aquel otro de su juventud, transcurrido en manos de los nazis, pues entonces era joven y lo mantenía vivo una infinita capacidad de paciencia y reacción, mientras que ahora, a sus 66 años, carente de fuerzas e ilusiones, le tentaba más el adiós definitivo.

 

 

 

 

Los testimonios de Primo Levi dentro de la historia de un convulsionado siglo XX, son una herencia del horror. Como una tarea imperiosa, consagró su vida después de liberado, a relatar, a darle nombres a quienes fueron hombres, pero quedaron reducidos a simples número como ecuación matemática indeterminada, porque sus experiencias son incomparables aún. A Levi, hay que dejarlo descansar. No hay razones para pedir una explicación del por qué de su muerte. Lo bueno y lo malo que hizo, quedó en la tierra. Sin embargo, por cada minuto y segundo que transcurra, habrá que preguntarse: ¿Dónde estás? ¿En el cielo de los mártires, de los héroes o de los cobardes? Mientras tanto, aquí seguirá tu pueblo gritando ¡nunca jamás! Al final, nadie supo las razones concretas del suicidio de “nuestro hombre”, ni tampoco si la decisión fue tomada de repente, fruto de un arranque de desesperación, o algo meditado. Aquel gran memorialista no dejó una nota de despedida, ni un apunte que ofreciese una explicación. Se sabe que solía recordar a menudo el poema de T. S. Eliot, El entierro de los muertos cuyos primeros versos distinguen al mes de abril como “el más cruel”, ¿acaso un indicio de que Levi eligió la época en que abandonaría un mundo y unas circunstancias que poco a poco habían comenzado a horrorizarle? ,

Los testimonios de Primo Levi dentro de la historia de un convulsionado siglo XX, son una herencia del horror. Como una tarea imperiosa, consagró su vida después de liberado, a relatar, a darle nombres a quienes fueron hombres, pero quedaron reducidos a simples número como ecuación matemática indeterminada, porque sus experiencias son incomparables aún. A Levi, hay que dejarlo descansar. No hay razones para pedir una explicación del por qué de su muerte. Lo bueno y lo malo que hizo, quedó en la tierra. Sin embargo, por cada minuto y segundo que transcurra, habrá que preguntarse: ¿Dónde estás? ¿En el cielo de los mártires, de los héroes o de los cobardes? Mientras tanto, aquí seguirá tu pueblo gritando ¡nunca jamás!

 

 

 

primo levi

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