Israel y Esparta

ESTRATEGIAS DE SUPERVIVENCIA
Esparta y Jerusalén
Por Julián Schvindlerman

La primera de ellas, acaecida en el período 1948-1993, ha sido denominada paz a través de la fuerza. Su característica más notable ha radicado en la defensa de la paz (o mejor dicho, en la repulsa de la guerra) mediante el fortalecimiento de la nación y en la proyección de una imagen militarmente poderosa. La adopción de un elemento cualitativo superior (léase armamento nuclear) para contrarrestar la inferioridad cuantitativa poblacional y territorial israelí vis-a-vis el mundo árabe/musulmán, las hazañas verdaderamente épicas del Ejército de Defensa de Israel en el campo de batalla, y las proezas audaces del Mossad, habían contribuido a la aceptación –gradual y renuente– por parte de vecinos tercos acerca de la presencia de una entidad sionista en el Medio Oriente.

La confirmación empírica de la sabiduría de esta política nacional quedó ilustrada en el número decreciente de estados árabes que han atacado al estado israelí desde su independencia: cinco países árabes lo han hecho en 1948, tres en 1967, dos en 1973 y uno en 1982 y 1991. Este período presenció el primer tratado de paz establecido entre una nación árabe –Egipto, el país líder del panarabismo– con el estado judío y la consolidación de Israel como una entidad soberana en la región.

A partir de 1993, la noción de que la seguridad nacional era precondición fundamental para el advenimiento eventual de la paz –concepto que guió exitosamente la estrategia de defensa israelí por décadas– fue revertida por la idea de que la paz sería, en realidad, la creadora y garante de la seguridad. Esta etapa es conocida como Tierras por paz, en alusión a la resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que estipuló en 1967 el intercambio de tierra israelí por paz árabe como modo de solución del conflicto.

Durante los diez años que duró esta fase de la historia israelí, la paz fue establecida con otro estado árabe (Jordania), una acuerdo de mutuo reconocimiento fue firmado entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y muchos países del mundo establecieron relaciones diplomáticas con Israel. Sin embargo, el optimismo de la esperanza fue hecho añicos por el pesimismo de la realidad cuando luego de siete largos y arduos años de negociaciones con los palestinos, una nueva escalada de violencia estalló. Los años de la así llamada intifada palestina produjeron más víctimas israelíes en manos del terrorismo que los provocados en los previos 53 años y lejos de generar esto mayor comprensión internacional a propósito de los obstáculos que desde siempre había enfrentado el estado judío en la región, ello despertó, por el contrario, alarmante antipatía internacional. A su vez, los logros diplomáticos de los años previos mostraron su fragilidad cuando Egipto y Jordania retiraron a sus embajadores de Tel-Aviv, Marruecos y Túnez cortaron lazos diplomáticos con Israel, y la oficina comercial israelí en Omán debió cerrar. Este período fue testigo de la corroboración del postulado del veterano diplomático Henry Kissinger en cuanto a que todas las guerras nacen de un estado de paz previo y en consecuencia la paz no puede por sí sola garantizar la seguridad.

Bajo esta atmósfera de sobriedad, Israel inauguró en el año 2003 la tercera fase de su existencia signada por el repliegue unilateral. Esta etapa que lleva el nombre de unilateralismo, surgió a partir de la comprensión de la inexistencia de un genuino socio para la paz en la arena palestina combinada con la aceptación colectiva de la imposibilidad de la retención territorial indefinida de zonas disputadas con los palestinos a la luz de la amenaza demográfica árabe/palestina. Los israelíes parecían estar pudiendo aceptar que estaba más allá de su voluntad resolver el conflicto con sus vecinos y orientaron sus esfuerzos hacia la administración de la disputa, adoptando medidas que no solucionarían de manera definitiva el conflicto (desmantelamiento parcial de asentamientos, evacuación de la Franja de Gaza, construcción de una barrera de seguridad) pero al menos lo contendrían. O al menos esta fue la esperanza hasta que una vez más la cruda realidad del Medio Oriente se hizo sentir.

Cuando con tan solo dos semanas de diferencia, Israel fue casi simultáneamente atacada desde zonas unilateralmente abandonadas en el norte y en el sur por Hizbollah y Hamás respectivamente –a pesar de que la retirada removía aparentemente la excusa de la “resistencia” frente a la “ocupación”, en la última guerra cuatro mil misiles provenientes desde El Líbano forzaron a una quinta parte de la población israelí a esconderse bajo tierra– una dolorosa realidad se hizo palpable: Israel había agotado sus iniciativas frente a enemigos decididos. Este período dio a los israelíes una dura lección política; la paz no depende del anhelo de Jerusalén sino de la voluntad de Gaza, Damasco o Teherán.

La catedrática de Harvard Ruth Wisse ha señalado que al repudiar el derecho a la autodeterminación nacional judía en la Tierra de Israel, los palestinos, los árabes y los musulmanes han convertido a Israel en el estado más anormal del planeta. Efectivamente, al basar su rechazo sobre la existencia misma del estado, han ubicado al estado judío en una posición absurda ante el resto del mundo; la de tener que justificar constantemente su derecho a existir. A mediados de agosto último, Ari Shavit, quizás el más perspicaz de los observadores israelíes, publicó una columna en el diario Haaretz en la que sostenía que Israel estaba en constante tensión con su entorno debido al hecho de ser un estado judío en un región árabe, un país occidental en una zona musulmana, y un estado democrático en una región de despotismo. Nada de ello es novedoso, por supuesto, pero la conclusión a la que arribó Shavit podría ser ilustrativa de la próxima etapa de Israel. Escribió este comentarista: “No hay futuro para una Atenas sin un destello de Esparta…Estamos regresando al encuentro con nuestro destino; regresando a lo que está decretado por la realidad de nuestras vidas”. En otras palabras, es posible que la nueva fase de la existencia israelí consista en un retorno a los orígenes.
En una coyuntura regional y global cada vez más enrarecida por las amenazas genocidas que emanan desde el teocrático Irán, por la cada vez más expandida furia del Islam radical, por el antisemitismo rampante en el Medio Oriente y más allá también, y por la inverosímil ingenuidad de la intelectualidad occidental frente a estos desarrollos, la readopción israelí de las políticas estratégicas que le han permitido no solo sobrevivir sino incluso florecer en una región política, económica y culturalmente árida, luciría, después de todo, como algo históricamente natural. Y ello sería, además, algo extraordinariamente sensato.

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